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Al otro lado del teléfono, el ruido de fondo es el cotidiano del taller Eferro en Vila de Cruces (Pontevedra). Voces, risas y martillazos que, lejos de molestar, ayudan a ponerse en situación. Las diez personas que hoy trabajan fabricando los zuecos reinventados por Elena Ferro –entre las que se encuentran dos hermanas más- aún son ‘víctimas’ de la corriente que provocó la noticia del Premio Nacional de Artesanía 2019. Recibieron el galardón a las puertas de la campaña de Navidad y han vivido estas semanas sin tiempo para aburrirse.

Mucho han cambiado las cosas desde que su abuelo, Perfecto Ferro (1900) aprendiera el oficio a los 15 años. “Se formó como zoqueiro en una aldea cercana. Entonces los zuecos eran el calzado más demandado”. Tras pasar siete años en Cuba, volvió a Galicia y, sin darse cuenta,  puso en marcha las primeras acciones de marketing de la empresa.

“Cargaban las cajas en el coche de línea y se desplazaban a las ferias de A Bandeira o Vila de Cruces”, recuerda Elena Ferro sobre una época en la que estos eventos eran algo más que aliados en la venta. “Se trataba de una acto social mucho más importante que hoy día”.

La (casi) muerte del zueco

En 1968 murió el abuelo Perfecto. Continuaron el negocio su tía Agripina, que siempre trabajó en el taller, y su padre, unos años más joven. En el 75 nace Elena, y a finales de los 70 los zuecos dejan de utilizarse. “Siempre digo, medio en broma, que sus grandes enemigas fueron las katiuskas, pero todo fue muy rápido, mucha gente emigró y dejó el campo”.

El trabajo en el taller. (Imagen: Eferro)

Una revolución industrial en la que el zueco no tenía cabida. Empezó a ser visto desde una óptica peyorativa. “La gente los asociaba a la pobreza; llevarlos era como comer pan de maíz. Muchos no querían ni mirarlos. La tía Agripina, sin embargo, siempre nos decía: ‘Suerte poder usar zuecos y no andar descalzo’”.

En los 80 el taller no cierra pese a la extinción de zoqueiros y zoqueiras. Optaron por reinventarse, diversificar y ampliar campo de acción. “Empezamos a ir a fiestas gastronómicas y ferias de artesanía. Los zuecos pasaron a representar sólo un 20 % de nuestra producción. Nos centramos en la marroquinería y nos movíamos por toda Galicia”.

La pequeña Elena Ferro ya contribuía entonces con sus primeros trabajos en el taller.  Más tarde, en el 95 se atreve a inyectar a los zuecos una dosis de creatividad. “Fue un fracaso”, recuerda la artesana. “Pintaba la madera, usaba maderas más anchas, pero no caló entre los clientes. Lo bueno del taller es que trabajas todo el proceso. Lo haces y ves rápido si funciona o no”.

Punto de inflexión

El gran cambio no llega hasta 2010 con la alineación de comodidad y diseño atractivo. “Incorporé piel de vaca y distintos estampados a la madera. Además adapté la pisada, los incliné ligeramente. Los zuecos de antaño pisaban el terreno mullido del campo y los caminos de las aldeas, ahora el suelo es más duro. De nada sirve que sean bonitos si no hay quien aguante con ellos puestos”, detalla Elena Ferro.

Zuecos para todos los gustos. (Imagen: Eferro).

Desde entonces, el boca a boca ha sido la mejor campaña de publicidad para el producto. “A nuestras clientas las paraban por la calle”. Dentro de la corriente favorable en la que se zambulleron, en 2010 reciben el Premio Antón Fraguas, concedido por la Diputación de A Coruña. “Empezaron a valorarnos más. Es una situación que ahora hemos revivido con el Premio Nacional de Artesanía. El zueco vuelve a sacarle una sonrisa a la gente. Esa es mi mayor satisfacción”.

Salud artesana en Galicia

Elena Ferro considera que su desembarco en el mercado coincidió además con una nueva puesta en valor del trabajo artesanal. “En los años 90, poco importaba si algo estaba hecho en tu pueblo, de manera artesana, o producido en serie en China. Daban igual las piruetas que hubieras hecho para sacar adelante un buen producto”.

La zoqueira va más allá cuando defiende su oficio y otras prácticas tradicionales. “No podemos dejar que nuestra cultura se muera. Es también una cuestión de identidad. Cada tierra tiene su riqueza artesana y hay un porqué detrás. Los tiempos cambian, pero es un error olvidar nuestro pasado. Estamos mejorando. Pienso en la cerámica, la cestería… oficios que lo están pasando mal y que hay que integrar”.

Herramientas utilizadas para la fabricación de los zuecos. (Imagen: Eferro).

En la línea del alegato de Elena Ferro, la Xunta de Galicia, a través de diversas asociaciones y fundaciones, cumple con el papel de ‘protector’ público de estos gremios. “En Galicia hay muchísima artesanía.  Las ferias de artesanía y diseño se multiplican. Ese ambiente anima a la gente a seguir trabajando. También son una palanca para atraer la atención de los más jóvenes. Estamos los de siempre y cada vez se incorporan más propuestas. ¡Somos la envidia de la Península!”.

La artesana también asigna su cuota de responsabilidad a la educación. “Los niños y las niñas tienen que ver cómo se hacen las cosas. Tanto en artesanía como en agricultura. El del campo es quizá el trabajo menos valorado y, probablemente, el más importante. En cada colegio pondría un huerto y una asignatura obligatoria en la que se explicara el origen y el funcionamiento de los oficios. En lugar de eso, los niños pasan el día pegados al móvil. Ya ni juegan”.

Futuro

Su apuesta por los valores del pasado no significa que Elena Ferro rechace las ventajas digitales. Buena parte de sus ventas tiene lugar en la web (la mitad son encargos personalizados) y, pese a que se considera una negada del marketing, sus montajes triunfan en Facebook e Instagram. “Nos vino muy bien para hacer marca. También para contar la historia de cada producto”.

En cuanto a si prevén abrir nuevos puntos de venta físicos además del taller y la tienda propia en A Coruña, Ferro asegura no tener grandes ambiciones. “Veremos sobre la marcha”, concluye.

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