vivero

Por Juan Carlos Páez – Esta columna fue publicada originalmente en el blog Infraestructura y Medio Ambiente del BID.

El Programa de Interconexión Eléctrica del Norte Grande Argentino, financiado por el BID, incluyó una Línea de Transmisión de Extra Alta Tensión para reforzar la red nacional de transmisión eléctrica y facilitar la competencia en el mercado mayorista de generación. Esta línea, que une las provincias de Tucumán, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, Chaco y Formosa, tuvo una longitud de casi 1.200 kilómetros y requirió una franja de servidumbre o zona de seguridad eléctrica de un ancho promedio de 60 metros.

La construcción de la línea afectó 7.200 hectáreas aproximadamente, y requirió talar alrededor de 400.000 árboles.

Como medida compensatoria, el plan de reforestación estableció que se sembrara dos árboles por cada árbol cortado, es decir, 800.000 nuevos árboles de especies que habían sido removidas, entre las cuales estaban el lapacho (blanco y rosado), la tipa (blanca y colorada), el guayacán, el ceibo, el palo borracho, el jacarandá y el algarrobo. Sin embargo, teniendo en cuenta una tasa de supervivencia de alrededor de un 80%, en números redondos, se precisaba contar con casi un millón de plantines para alcanzar la meta propuesta. Pero, ¿por dónde comenzar?

La tarea no fue fácil. Un análisis de la oferta de plantines en los viveros disponibles en las seis provincias por donde transcurre la línea concluyó que el número de árboles que se podía obtener por año de estos viveros llegaba, en el mejor de los casos, a 40.000. Es decir, con esa tasa de producción, se requerían casi 25 años para cumplir con la meta propuesta. Además, de éstos plantines disponibles, la mayoría correspondía a especies forestales, principalmente pino y eucalipto.

La única opción era construir viveros para producir los plantines que se requerían. Esto implicaba, además, la concepción y puesta en marcha de toda una cadena logística para la recolección y selección de semillas, dado que éstas no estaban disponibles en el mercado por ser especies autóctonas y de poco interés comercial. Había que considerar también el desarrollo de técnicas de sembrado en vivero, así como el trasplante, embolsado, rusificado, distribución y sembrado in situ de las especies a producirse.

En poco tiempo pero con un desfase de varios meses luego de terminadas las obras de construcción de la línea de alta tensión, los viveros de Pampa de los Guanacos y Cobos comenzaron a funcionar y registraron producciones anuales promedio por que rondaban las 180.000 y 120.000 plantas respectivamente. Esto significaba que la producción de los viveros más la disponible en el mercado, permitirían obtener el millón de plantas en alrededor de tres años. ¡Problema de producción solucionado!

Ahora, ¿dónde sembrar estas plantas? Asumiendo una densidad de siembra de 400 a 500 plantas por hectárea (a 4 ó 5 m de distancia), se requerían casi 2.000 hás, es decir ¡un equivalente a 4.000 canchas de fútbol! En una primera instancia se pensó ubicarlas en las áreas de amortiguamiento de las reservas forestales federales y provinciales, pero las disposiciones contenidas en la Ley 26331 de Presupuestos Mínimos de Protección de Bosques Nativos de la Argentina lo impedían.

La salida: comenzar a gestionar de alcaldía en alcaldía, de provincia en provincia, de institución en institución la siembra de los plantines. Así, despachando 200 por aquí y 3.000 por allá, se fue completando la meta de reforestación. Pero, ¿cómo saber que efectivamente las plantas despachadas estaban siendo sembradas y que éstas últimas podían ser contabilizadas para efectos de comprobación de la meta de reforestación propuesta?  La respuesta fue un sistema de supervisión externo -que tuvo que ser montado sobre la marcha porque el plan no lo previó- que verificó el número de plantas entregadas y que constató en campo tanto las que se plantaron como las sobrevivientes luego de un periodo seco.

Después de casi tres años de haber iniciado su ejecución, el programa de reforestación está prácticamente concluido y ha sido todo un éxito: un millón de plantas producidas y sembradas, de las cuales un poco más 800.000 han sobrevivido una temporada seca. El costo final: alrededor de un US$1 por planta.

A pesar de los buenos resultados, existen algunas lecciones aprendidas que vale la pena resaltar:

  • La reforestación es una buena medida de compensación, pero para hacerla más efectiva, es recomendable determinar de forma previa cuáles podrían ser las áreas potenciales para ser reforestadas.  Así se pueden lograr eficiencias en la siembra y en el control.
  • Si bien no se puede saber de antemano el número exacto de árboles que se requerirá para la reforestación y las especies a las que corresponden, siempre es posible estimar el orden de magnitud que se precisará. De igual forma, un sondeo preliminar de las masas boscosas potencialmente a ser afectadas (que se debería hacer durante la fase de preparación de los estudios de impacto ambiental), bien puede determinar las especies más probables que serán afectadas y que se requerirán para el programa de reforestación.
  • Como un insumo a la formulación del plan de reforestación, es imprescindible hacer un inventario de los viveros existentes para determinar si éstos estarán en capacidad de proveer el número de plantas y las especies que se requerirán. Si al final del análisis se concluye que la oferta proyectada para cuando se requieran las plantas no es la suficiente para satisfacer la demanda del proyecto de reforestación, el plan debe contemplar la construcción de viveros y, en la medida de lo posible, determinar el lugar dónde convendría ubicarlos.
  • Todo plan de reforestación debería ser ejecutado a la par de las obras de construcción que motiven la necesidad de reforestación. Caso contrario el costo incremental que puede representar la implementación del plan luego que el contratista ha sido desmovilizado, puede llegar a ser importante.
  • Todo plan de reforestación debería contar con una supervisión para verificar –en campo- el número de plantas que sobrevivieron la época seca y que pueden ser contabilizadas para la meta final.

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