Si la película Figuras ocultas relata el decisivo papel de las ‘calculadoras humanas de la NASA’ para colocar al primer norteamericano en órbita, el libro El universo de cristal (Capitán Swing), nos adentra en la historia del llamado ‘Harén de Pickering’, un famoso astrónomo estadounidense a cuyo cargo estaban otras ‘calculadoras’, en este caso, blancas, antes de la carrera espacial, a finales del siglo XIX.

Cada mañana, en el bastión masculino de Harvard, este grupo de mujeres examinaba con cautela las fotografías nocturnas tomadas por los astrónomos para calcular la posición de las estrellas, su brillo relativo o su composición química. Algunos de sus trabajos saltaron a los titulares de los periódicos, aunque no sus nombres.

Como ejemplo el trabajo de dos de las mujeres de este grupo. Williamina Fleming, contratada inicialmente como criada, identificó diez novas y más de trescientas estrellas variables. Y Annie Jump Cannon diseñó un sistema de clasificación de las estrellas que aún sigue vigente. Ni que decir tiene, que su trabajo además de pasar desapercibido entonces pese a su importancia, estaba peor remunerado que el de los astrónomos de Harvard.

Y otro dato a resaltar es que el trabajo del “Harén de Pickering” estaba “patrocinado” también por mujeres. Anna Palmer Draper y Catherine Wolfe Bruce, dos grandes aficionadas a la astronomía que pusieron sus herencias al servicio de esta ciencia.

Igual que ha ocurrido con Figuras ocultas, basada en el libro del mismo título escrito por Margot Lee Shetterly, hija de un ingeniero de la NASA, el ‘Harén de Pickering’ lo ha sacado a la luz la divulgadora científica Dava Sobel, que nos introduce con su “Universo de cristal” en el mundo de la astronomía hecha por mujeres.

En esta corriente de hacer visible a las figuras femeninas invisibles, Women@NASA destaca a mujeres que han pasado desapercibidas, pese a sus méritos, como Nancy Roman. A la mayoría este nombre nos dirá poco. Sin embargo, se la considera “la madre del telescopio espacial Hubble”, por su empeño en que el proyecto saliera adelante.

Tampoco nos dirá mucho el nombre de Antonia Ferrín (1914-2009), una de las primeras astrónomas españolas en los años 40. Se especializó en medidas estelares y ocultaciones de estrellas por la Luna. Su tesis doctoral fue la primera en Astronomía. Estudió las estrellas dobles. En sus entrevistas destacaba el frío intenso que pasaba en las noches compostelanas, porque no estaba bien visto que una mujer vistiera pantalones.

Otra pionera de las estrellas fue Assumpció Catalá y Poch (1925-2009), matemática y astrónoma que compaginó su labor investigadora con la docencia y la divulgación. Empezó a estudiar matemáticas, a finales de los cuarenta, con otras cinco compañeras. En tercero sólo continuaba ella, ‘la chica de tercero’. Sacó matriculó de honor en las asignaturas de astronomía. Fue la primera astrónoma en la Universidad española. Y fue una ‘calculadora’ de órbitas y eclipses, aunque sin la ayuda de máquinas y con dieciséis decimales.

Estos son solo unos pocos nombres de las mujeres que destacaron en un país como el nuestro, donde la Ciencia no ha atraído nunca la atención de los políticos, que no han entendido que invertir en ciencia en invertir en progreso y le han dedicado exiguos presupuestos.

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