La incorporación de la mujer a la vida laboral ha requerido luchas y esfuerzos poco reconocidos. No fue fácil adentrarse en profesiones consideradas tradicionalmente masculinas, como la arquitectura. Hoy en Arquitectura las mujeres suponen más de un 40% del alumnado, todo un récord comparado con la mayoría de las carreras técnicas.

A finales del siglo XIX y principios del XX estar a pie de obra, no era algo que se considerase propio de las tareas tradicionales femeninas. Y hubo que luchar por ello. Curiosamente, en la actualidad, las mujeres que acceden a una carrera técnica eligen sobre todo estudios de Arquitectura o Arquitectura Técnica.

Pero las pioneras encontraron muchas trabas para abrir el camino, como ilustran algunos ejemplos. Sophia Hayden Bennet, por ejemplo, nacida en Chile en 1868, de madre chilena y padre estadounidense, sintió inclinación por el diseño de edificios desde el instituto. Estudió en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y se graduó con honores en 1890 en arquitectura. Sin embargo, las trabas para ejercer fueron tantas y la remuneración tan baja -la décima parte que sus colegas varones-, que acabó aceptando un puesto como profesora de dibujo técnico en un colegio de Bostón.

La estodunidense Julia Morgan (1872-1957) lo tuvo algo más fácil. Fue la primera mujer admitida en la Escuela de Bellas Artes de París y se tituló en arquitectura en 1902. Como primera arquitecta de California, diseñó más de 700 edificios, iglesias, hospitales, museos, hoteles, edificios comerciales, centros comunitarios, escuelas, edificios universitarios, clubes, y un zoo privado, en sus cincuenta años de carrera. Parte de su éxito lo debió a las organizaciones de mujeres y feministas que realizaron una importante labor de apoyo a la educación femenina.  Al menos un tercio de sus construcciones fueron un encargo de otras mujeres.

En España, Matilde Ucelay (1912-2008) fue la primera arquitecta titulada. Ingresó en 1931 en la Escuela de Arquitectura de Madrid junto con Lali Úrcula, que no acabó los estudios, y María Cristina Gonzalo. Ucelay y Fernando Chueca Goitia fueron alumnos aventajados, capaces de sacar dos cursos en un año por lo que ambos acabaron la carrera antes de lo previsto, en 1935. De Chueca hemos oído hablar casi todos. Sin embargo, el nombre de Matilde Ucelay suena menos.

Ucelay se lincenció en Junio de 1936, con gran repercusión. Sus compañeros y amigos lo celebraron en un acto en el que estuvo presente el también arquitecto Amós Salvador Carreras, entonces Ministro de Gobernación. Asistieron además importantes personalidades, como el también arquitecto Teodoro de Anasagasti.

Nada más licenciarse se convirtió en la única mujer miembro de la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Ese cargo le costaría caro al acabar la Guerra Civil, y fue juzgada varias veces en consejo de guerra. En julio de 1942 fue inhabilitada a perpetuidad para ejercer cargos públicos y directivos. Además le prohibieron ejercer la profesión durante cinco años y tuvo que pagar 30 000 pesetas de multa. Una cantidad nada despreciable entonces.

Aunque obtuvo su título de arquitecta en 1936 se lo dieron oficialmente hasta el año 1946. Algunos de sus proyectos están firmados con el nombre de algunos de sus amigos. En 2004, recibió el Premio Nacional de Arquitectura en reconocimiento a su labor pionera. Entre sus obras más representativas, la Casa Oswald de Puerta de Hierro, Casa Marichalar, Casa de Ortega Espotorno, Casa Simone Ortega, Casa Benítez de Lugo, en las Palmas de Gran Canaria, Casa Ucelay en Long Island o las librerías Turner e Hispano-Argentina en Madrid.

La segunda arquitecta española fue la gallega Rita Fernández Queimadelos (1911-2008) compañera de Ucelay en la Residencia de Señoritas. Entre 1932 y 1936 superó cuatro cursos académicos, pero la Guerra Civil interrumpió su carrera hasta 1939. Se licenció en 1940. Trabajó en la Dirección de Regiones Devastadas en diseñando edificios y reconstruyendo los dañados por la contienda. Madre de seis hijos, tuvo que interrumpir su carrera algún tiempo para dedicarse a su cuidado. Dejó el ejercicio de la profesión en 1973.

La tercera pionera en nuestro país fue María Cristina Gonzalo Pintor (1913-2005), que además fue una de las primeras meteorólogas españolas. Trabajo, como Rita Fernández en la Dirección de Regiones Devastadas, al acabar sus estudios.

“Al principio parece que los chicos nos miraron con un poco de sorna, parecían cohibidos ellos más que nosotras. Sólo un profesor prohibió silbar cuando pasábamos. No eran tiempos de mujeres en la Universidad ni en este tipo de carreras, hasta el punto que me hizo un reportaje Blanco y Negro por estas fechas. Pero la verdad es que nos trataron exactamente igual que a los hombres”.

 “Las mujeres en la arquitectura. ¿Sirven para esta profesión?”, se cuestionaba en 1932 la revista ilustrada española Blanco y Negro. Fundada en 1891 por Torcuato Luca de Tena y Álvarez Ossorio, esa publicación fue un hito en periodismo y germen de la editorial Prensa Española, que editaba el diario ABC.

Hoy la pregunta sobra, pero entonces era una cuestión en voga, de la que el semanario se hacía eco. El historial académico de Cristina Gonzalo daba fe de la capacidad de las primeras universitarias. Además de arquitectura cursó Ciencias Físicas y Matemáticas. Se convierte en la segunda mujer que ingresa por oposición en el Cuerpo Superior del Instituto Nacional de Meteorología.

 

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