Las ‘figuras ocultas’ españolas

figuras ocultas españolas
Dorothea Barnés, química, que introdujo en España la espectroscopía Raman

La película Figuras ocultas (Theodore Melfi, 2016), que se quedó sin Oscar en la edición de este año pese a liderar la taquilla en Estados Unidos, por delante de La, la Land, ha sacado a luz la aportación de un grupo de mujeres de la NASA a la carrera espacial. En este caso con la doble dificultad de que eran mujeres y afroamericanas en un país donde el racismo está profundamente arraigado.

No es algo aislado, sino la punta del iceberg. Pocas mujeres han pasado a la posteridad por sus aportaciones en Ciencia, pese a que fueron un soporte indispensable para los hombres que se llevaron el reconocimiento. No hay más que echar un vistazo a Academia Sueca. De los casi seiscientos científicos distinguidos con un Nobel, sólo 17 son mujeres. Un exiguo 3 por 100. Marie Curie fue la primera que resquebrajó ese invisible «techo de cristal». Y lo hizo en dos ocasiones.

De las “figuras ocultas” de la NASA hemos sabido gracias por el libro de igual título de Margot Lee Shetterly, hija de un ingeniero de la NASA, que nos ha puesto al corriente del papel decisivo de Katherine Johnson, en el vuelo espacial de John Glenn, algo que la mayoría ni sospechábamos. Nacida en 1918, Katherine Johnson fue una matemática avezada que ya apuntaba maneras desde su infancia. Incluso superó con sus cálculos a los primeros y mastodónticos ordenadores IBM.

Otra de estas figuras ocultas, Dorothy Vaughan, dejó pequeños a los ingenieros que trataban de “arrancar” los IBM. Aprendió a programar en Fortran (del inglés, The IBM Mathematical Formula Translating System), un lenguaje de programación desarrollado por IBM en 1957 para el equipo IBM 704 especialmente adaptado al cálculo numérico y a la computación científica. Para lograrlo, Vaughan tuvo que sacar “de contrabando” un libro de la biblioteca local, a la que le negaban el acceso. Tras estudiar ese librito de escasas páginas, hizo funcionar el IBM de la Nasa, ante el asombro de sus “colegas” varones.

Las escenas en las que Johnson y Vaughan muestran sus habilidades causa perplejidad y genera una reflexión: ¿Qué pasaba con los ingenieros de la NASA? ¿Por qué entre todos ellos no lograron lo que sí pudieron hacer Katherine Johnson, en el cálculo de trayectorias, y Dorothy Vaughan, en informática? ¿Una licencia simplona de la película? No parece probable. ¿No será que las mujeres tienen que trabajar el doble para lograr el mismo reconocimiento que los hombres? O dicho de otro modo, que las mujeres que llegan a puestos importantes tienen que ser unas fuera de serie, algo que no se les exige a los hombres en igual cargo.

La propia IBM España destacaba el papel de esas “figuras femeninas ocultas”: “La película nos cuenta una historia real en la que las protagonistas, a pesar de jugar un rol fundamental en la carrera espacial, no obtuvieron el protagonismo que se merecían, seguramente por reunir una serie de factores que las alejó del primer plano: ser mujeres, afroamericanas y científicas. Hoy la visibilidad sigue siendo un factor clave para que los profesionales técnicos lleguen a tener ese reconocimiento y existo en su carrera. Por ello IBM, con la referencia a esta película, quiere rendir homenaje y dar visibilidad a las personas y más particularmente a las mujeres que trabajan en áreas científicas y tecnológicas”.

Aquí en España también hemos tenido mujeres ‘sabias’ que han pasado desapercibidas, como explican Adela Muñoz, catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, y Carmen Magallón, doctora en Físicas, en sus respectivos libros. Reciente el primero (Sabias, la cara oculta de la ciencia, Debate) y un clásico el segundo (Pioneras españolas en las ciencias; CSIC). Fue durante la llamada “edad de plata de la Ciencia”, en los años 20 y 30 del siglo pasado. Destacaron Felisa Martín Bravo, primera doctora en Física, que estudió con el Nobel Rutherford; o Dorothea Barnés, Química, que introdujo en España la espectroscopía Raman. También cabe mencionar a Teresa Salazar y Piedad de la Cierva, químicas también, que trataron sin éxito de lograr una cátedra en la posguerra que se las negó por ser mujeres.

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